Fieras

Siguiendo con los Viernes Creativos de Silvia, he aquí un relato menos inocente que el anterior.

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Esas fieras agazapadas, esperando el infortunio del equilibrio natural, oliendo sus presas, respirando el miedo y camufladas como mujeres para distraernos y caer en sus garras, devorados por esas fauces, sedientas de nuestra sangre, hambrientas de sexo.

Desde acá sutiles, débiles, hijas de la carne, solitarias y necesitadas, hojas de árbol a punto de caer y queriendo quebrarse antes de tocar el suelo, de sangre viva y despierta, sólo las separa esa amargura en los labios que auguran un banquete.

Soy carne para un festín, aunque no me siento expuesto, el calor de la tarde no hace presentir nada de lo que vendrá, solo me quedo extendido, desnudo y sin nada más que el abrasador amor del sol, hierve mi piel y gozo cada espacio de mis deseos.

Se acercan y no las veo, el ambiente está raro, este calor me hace sudar frío, un aviso endemoniado del cuerpo, del pulso, me siento enfrentado a una jauría y son doradas, se dejan entrever por los rayos solares, estoy enardecidamente a su merced y así lo deseo.

Entregado a la muerte, sé que me destazaran de placer y agonizaré toda esa tarde en sus bocas, presiento el olor a hambre de sus sexos, babeantes y ese jadeo animal previo al asalto y carnicería, aún no llegan a mi y estoy angustiado, duro, esperando.

Ambas aparecen a mis pies, una especie de rito y al parecer su táctica es de sumisión, dos temblorosos animales del sexo, pidiendo misericordia, agua y mucha carne por supuesto, no alzan la vista para nada, no desean quedar expuestas sus verdaderas intenciones.

Lamen mis dedos, una por pierna, definitivamente están endemoniadas, pero en su silencio carnívoro esconden la fragua de sus cuerpos, embisten con sus lenguas todo a su paso y nada las detiene, menos yo que las dejé llegar a sabiendas de mi suerte.

Al verme erguido y humeante se lanzan bramando una especie de orgasmo, son dos pero parecen una jauría desbocada por mi cuerpo, engullen cada una a turno van cambiando sus bocas, verdaderas fauces endemoniadas y ellas no cambian su naturaleza.

Se montan y fingen muertes, una tras otra me hacen hervir, y creo que son miles mis gritos de más, ríen desconsoladas, apuran su ritmo vuelven a cambiar el acelerador a fondo, se hunden en mi y no paran, mi final de existir se acerca muy dentro de ellas.

Gritan alborotadas mientras voy perdiendo las fuerzas, ambas me elevan y el sacrificio es perfecto, sigo sus designios, sus instintos nunca las han defraudado y soy parte de su ritual de carne, sexo, pasión, nuevamente estas bestias me han matado.

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