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No graznan, no cantan,
silvan hambre de mañanas,
recorren la orilla de sus vientres
son violines desafinados.

Hurgan entre la arena, las piedras,
buscan por el hedor,
ese rastro único de los humanos
las hace gritar de injusticia.

Suelen seguir las embarcaciones de papel
agitar sus alas de red
picotear la sal del aire
engullir los ojos del oro pisciano.

A veces parecen flotar
dueñas del viento
solas contra el desierto
de marinos y el azar.

Viajeras del silencio y el sol
extienden sus ojos
surcan con las alas
ese espacio nítido de mar.

Extinguido ese rastro natural
vuelven a la arena
son orilla y hambre, todas solas,
enfrascadas como falderos.

Siguen el rastro de sangre
ese dragado nefasto
agujero al mar, ensordecido,
ellas cantan para acallar.

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