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A dos pasos de la muerte su lengua es una alfombra en el sexo adecuado, yergue su lujurioso mar de palabras, cardumen de sexo sincopado y algarabía de drogas duras como el obelisco.

Suele presentarse en las noches de piel sangrante y alcohol en las venas, arroja toda su piel dorada, ese deseo perpendicular persigue su boca llena de hambre, escoge su presa y se olvida de ella misma.

Osada y libre, su danza de fuegos internos hace pirotecnia en los ojos incautos, aprieta el cuello en su boca resbaladiza, no ahoga porque goza cada espasmo, nada es azar en sus salivas.

Inicia todo con su mirada y ya eres metal derretido, de caer en sus manos te doblara y engullirá en su cuerpo de acantilado perfecto, de orilla filuda y esas gotas de ácido lisérgico en cada beso.

Dirige cada paso y todos los rasguños de piedra candente dilatan la piel de sus objetos de sacrificio, ahí en el altar, clava sus sexos blandiendo cual espada Damocliana la suerte de los reyes aduladores.

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