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"No sabíamos si esa niebla estaba para protegemos y alejar a los turistas indeseables o simplemente para olvidarnos de nuestra propia existencia."

Hora 10:00

Apenas el sol tocaba el centro de la ciudad, todos salían de sus casas, limpiaban los jardines del regadero de sangre, se inundaban las calles y los residuos iban a parar al alcantarillado.

Una ceremonia unía a todos los aborígenes y llamaban con su fe a los dioses, el Sol relucía y esperaba, una conjunción con la luna que brillaba al lado de los indios y sus cantos más alegres.

Mientras la niebla avanzaba lento desde las profundidades se sentía su rugir asolando las tierras, nada quedaba en pie a su paso, todo era oscuridad, un manto de muerte y agua mal oliente enlodaba todo.

La cuidad parecía normal y nadie nos extrañaba en verdad, el bar podía estar cerrado de día y no irían a beber hasta pasada la tarde, nadie olía la niebla y menos esperaban saber cómo terminaría todo.

Los dioses junto al pueblo se preparaban para la ceremonia de la luz y Joseph junto a Topanga lucían como el mismo Sol y la Luna, dignos representantes en la tierra de esa divinidad, hermosa y pacífica.

El acantilado se llenaba de frío y oscuridad, la maldad arreciaba con toda su fuerza, más cerca y más fuerte su poder era incontrolable, nadie lo creería y aún así era algo esperado, su última venganza.

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