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"No sabíamos si esa niebla estaba para protegemos y alejar a los turistas indeseables o simplemente para olvidarnos de nuestra propia existencia."

Hora 11:00

La ciudad se llenaba de vida y sus alrededores no parecían recordar los hechos de estos doce días, sus doce muertos, familias enteras en un sólo día y uno que otro despistado solitario, todos desaparecidos.

Los dioses estaban preparados, las flechas llevaban tiempo ocultas y ahora eran precisas, lanzas de fuego y luz, todos aguardaban lo peor desde el abismo, su racha de maldad llegaría a su fin.

La espesa niebla volvía a tierra firme y jamás había pisado suelo indígena, conocía sus ritos y por un pacto de silencio con los brujos no acechaba la reducción, pero el último de ellos estaba muerto.

Todos en sus casas se preparaban para ir a misa, lucían sus mejores ropas, de luto por supuesto, el recuerdo estaba vivo en sus mentes y merecían una despedida con los honores respectivos, el silencio adornaba sus horas.

Cada guerrero se preparaba, con las flechas y sus puntas de oro macizo, lanzas adecuadas con la misa dorada dureza, el noble metal por lo cual fueron tan conocidos y asediados en sus inicios.

Ya se encontraba en los alrededores de la reducción, la venganza desfiguraba su densidad y desde lejos los vapores subían y bajaban siempre rumbo a si nuevo enemigo, el pueblo indígena natal.

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