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La conocí en la calle, dueña de una esquina, su poder iba más allá de su entrepierna, donde todos pagaban por gobernar y aún así eran esclavos de sus placeres.

La besó, pero él quería llegar a sus pechos y fueron su cuello primero, sus hombros, los huesos de la clavícula eran perlas brillantes de sabor a deseo y leche, luego la volteó y comenzó por su nuca, levantando su frondoso cabello, ahí la blancura era tal que se perdía de ansias, desconcertado no sabía como proseguir, Luna se percató de esa saciedad descontrolada y así como con su padre, lo tomó de la cabeza y condujo por su cuerpo, se desnudó un pecho primero sin dejar ver su totalidad y ahí con manos de madre le pedía tranquilidad, respira despacio, respira despacio repetía una y otra vez, con ambas manos.

Este tipo se vio envuelto en una especie de encanto jamás vivido, todas las mujeres eran una avalancha de sexualidad y sensualidad, pero esta chica sin ser mayor de edad tenía una mezcla de ternura y salvaje control de cada impulso masculino que sólo se dejo llevar por cada caricia de leve a profunda y así lo mantuvo al borde del éxtasis, mientras el quedaba embobado por sus pechos ella lo acariciaba tan fuerte que muchas veces tuvo pedir detenerse para no mostrarse débil ante ella, más de lo que ya era. Sabía que lo tenía en sus manos, literalmente aunque iba más allá, deseaba poserlo, apoderarse de su voluntad.

Este momento de paz entregaba también la ocasión de enterrar la daga de forma silenciosa y sin mayor resistencia, tenía al enemigo entre sus brazos y el prodigio de pedir lo que fuese necesario para saciar sus propios deseos y así fue, empuñó las palabras y clavó sin compasión desde su cráneo hasta ensartar en el corazón el filo y remover causando mayor dolor y placer a la vez. Entonces como quien muere empalado sólo alcanzó a pedir un último deseo y lo soltó en medio de la cama, sangriento de pasión, los ojos vidriosos y estáticos, había sobrevivido a mil orgasmos en sólo minutos, orgasmos si y miles, recalco eso porque fue de una sutileza digna de una diosa.

Lo dejó partir, un sonámbulo, un glorioso, un avanzado de los delirios, esa chica era más que una mujer y aún así su apariencia frágil era una trampa para cualquier hombre por muy avezado en las artes de seducción, estaba claro para él, ella hará lo que quiera y su monigote tenía como lograr sus deseos, mientras lo conducía por el séptimo cielo y hacia ver el paraíso en la tierra, en su cuerpo y en su vida, un orden nuevo, sin alterar el suyo, alineándose a la par de sus pérfidas necesidades carnales que eran un mero pretexto para ella, y para él representaban un salto jamás conocido y concebido para si.

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Un comentario sobre “De Luna a Selene parte cuatro

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