wp-1462594162833.jpg
La conocí en la calle, dueña de una esquina, su poder iba más allá de su entrepierna, donde todos pagaban por gobernar y aún así eran esclavos de sus placeres.

Recordó las lecciones de su padre, primero eran sutiles, después impresas a fuego en cada sesión de aprendizaje, qué decir para incitar y qué hacer para tener a sus pies a quien fuera, los medios estaban día a día creciendo, ella luego sabría porque papá tenía dolorosamente la razón, hasta que ella también logró dominar al hombre de casa y él sonriente se dejó seducir por la niña-mujer-diosa que con abusos había construido para sus placeres perdidos de moral y rebasando todos los límites de la decencia humana, su divinidad lo llevaría a la muerte donde lo esperaban gustosos los demonios.

Un imperio de una sola mujer yacía entre sus senos y su sonrisa de oro, cumplido ese primer paso, se sumergió en la ducha, el agua hervía y ella más, había sobrevivido al primer hombre mayor después de su padre, un molde difícil de alcanzar en la primera incursión, hundió su cuerpo desnudo en ese mar intranquilo dentro de ella, sus revoluciones lloraban en ríos de sangre y pálpitos fuertes, en forma de flechas surcaban toda la redondez de sus pechos y se multiplicaban en su vientre, completamente extasiado por rayos de calor, lava derretida surgía desde su boca, la ondulante sensación de éxtasis revolvía su mente y se veía ya dueña de las miradas negras y frías de un burdel de hombres desnudos, todos excitados al verla pasar rebosante de juventud, de blancura, ese color leche mezclado en su piel, en el rosado de sus pezones una luz ardiente hacía babear la horda de sexos aguardando por esa entrada estrecha, ese abrir de sus labios, ese despliegue unido al gemido intrínseco del roce, ese sueño del cual era artífice y sacrificio, su reinado tenía esa complicidad con el cuerpo, mas el alma se sabía libre cuando la electricidad de los orgasmos la envolvía en un estado tras otro, las luces de la noche se acostaban mirando su ventana y sólo cuando la Luna salía ella embebía a sorbos de sus senos la luz.

Una diosa había nacido y se llamaría Selene, un ramo de rosas agitadas por el viento se deshojaba sutiles, miles de vírgenes perdían sus pétalos rosados, dorados, rojos y negros, el aire ardía a mujeres, en sus dedos oscilaban gotas, borbotones de hembras quemaban sus camas, las sábanas eran pieles extendidas a placer de la búsqueda, del misterio, ese camino entre su pecho y el horizonte vertical del sol sumergiéndose una y otra vez, muriendo como hombres hechos presas de sus sexo, némesis carnal para la nueva Selene.

Anuncios

Un comentario sobre “De Luna a Selene parte cinco

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s