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La conocí en la calle, dueña de una esquina, su poder iba más allá de su entrepierna, donde todos pagaban por gobernar y aún así eran esclavos de sus placeres.

Eran una tropa de animales enjaulados, sus caras, sus fauces babosas, ese vapor emergiendo desde todo sus cuerpos, la rabia por fin daría a luz las perdidas consciencias, esos demonios serían liberados e incinerados como ofrenda de obediencia, jauría de muertos mentales, de sexos endemoniados, embriagados por los ojos, cada uno en su esencia animal articulaba, las mil formas de someter, devorar, atragantar y extasiarse con esa ninfa hija de la Luna. Según iban maquinando en sus propios cuerpos el sentir de unas manos delgadas que apabullaban su animal y mortificaban con cada espasmo del cual eran presas de sus propios sueños eróticos y erráticos, balbuceaban igual que bebés extrañando sus comidas y el abrigo del pecho materno, ese calor y palpitar que dictaba sus propias vidas, era hora de la venganza, de doblegar esa carne de hembra hasta las sombras y transformarla en su nuevo juguete, todos deliraban en ese devenir mental que querían hacer literal.

Practicaban en la ducha, con la hermana de sus esposas, con las secretarias, con objetos contundentes, dando golpes en el aire, azuzando a los dioses, sabiéndolos enfurecidos, por este karma al cual habían sometido los humanos y perpetuaban en toda mujer que intentase escapar a la furia de no pertenecer a la raza dominada dominante. Se rasgaban por dentro mil veces más para estar dispuestos a dar batalla a la diosa que viene a desafiar. Rugían en todo momento sus pantalones, alborotada la billetera para tapar bocas, las mismas bocas que deseaban someter tanto como el dinero les alcanzara, eran capaces de todo para estar sobre cualquier atisbo de supremacía y desde los gimnasios salían envueltos en sudor, endorfinas, adrenalina, resueltos a ser el primero en la fila para sacar todo el arsenal de juguetes y hacer de Selene su muñeca.

La lista estaba llena para el primer día y aunque faltaban horas, verdaderos caballos golpeaban las puertas del antro, gritaban, exigían entrar ya, de todas formas querían entrar, eso es de hombres bravíos, entrar, duros, machos, recios, imponentes, bravos, toros salvajes resueltos a llenar ese estrecho pasaje en mareas eternas de vida, ese sinfín aceitado logrando su cometido, eran animales, máquinas, bestias, todos un mismo ser, miles a la vez, un solo sexo golpeando las puertas del castillo para vengarse de la princesa y desflorar todo el jardín que se enfrentase ante ellos, sus voces, sus billeteras, sus cuerpos, duros, tensos y gruesos, el orden de la palabras no importaba, el destino de todas ella acabar en Selene.

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