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La conocí en la calle, dueña de una esquina, su poder iba más allá de su entrepierna, donde todos pagaban por gobernar y aún así eran esclavos de sus placeres.

La música en su apogeo hacía las veces de sedante para los admiradores de la nueva atracción, cuando pensaban en el fin del deleite de esta orquídea blanca llamada Selene, para ellos bastó verla pasearse y mostrar su espalda delicada y tersa, asirse de los dorados caños y demostrar una rutina excitante, hasta cuando descendió y  todos aplaudían, estaban extasiados con esta mujer que reunía todo para ser una celebridad, justo en ese instante ella siguió dando que hablar, esta vez sin música, comenzó levantando una pierna y demostrar hasta donde podía llegar, luego miró uno a uno a los ojos de cada cliente. Impactados, ardían, babeaban, la querían, estaban rendidos, absueltos de los errores, perdonados, una aire de redención cubría sus rostros, sus manos sudorosas y los billetes que aún bajaban, parecían sacados del manicomio, ocultos en la montañas, simplemente recluidos o llevaban años sin ver mujer alguna hecha y derecha como aquella.

Está sería la Meca, ese paraíso de pecados se había convertido en un culto a la belleza de una sola mujer, ya no existían más, entendían el costo de la felicidad sería altísimo, como animales bien trajeados buscaban a Joe para indagar sobre servicios extras y dónde anotarse para conocer a la mujer detrás del antifaz, la fémina de esos muslos interminables y una juventud intrigante, ese delirio absurdo por lo desconocido, ya imaginaban entre sus manos a esa bondad de la naturaleza, esos labios, dos verdaderas rodajas del manjar más exótico antes visto, la deseaban entre sus fauces; lobos feroces venidos a menos, leones calvos, tigres sin rayas, toda una fauna deprimente pero deliciosamente adinerada para las intenciones del nuevo magnate del entretenimiento. Así iba anotando a cada cliente con claves en sus nombres, todos eran John y Bob, junto a una jugosa reserva, para todo servicio como decían ellos mismo, alucinados y ardientes, una nueva felicidad parecía enfundarse muy dentro de los pantalones.

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Un comentario sobre “De Luna a Selene parte ocho

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