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La conocí en la calle, dueña de una esquina, su poder iba más allá de su entrepierna, donde todos pagaban por gobernar y aún así eran esclavos de sus placeres.

Tal cual lo predijo en su mente, esa noche acabó con todos, en sus cabezas la orgía era un deleite para todos los sentidos, aún así, eran llevados a los extremos del placer y desde ahí lanzados a un abismo más dulce, más intenso, grandes en su inconsciencia hacían temblar la tierra con sus imponente sexo, todas las mujeres eran Selene y arrodilladas adoraban al Dios que traían entre sus piernas, un reguero de orgasmos las cubría, eran miles de mujeres de pechos turgentes, rociadas por millones de estrellas, en esa noche sin cuerpos para atender esos cielos cayéndose de grandiosos, todos extasiados salían del local, ya amanecía y ninguno quedó sin ser atendido. Joe brilla de felicidad y lleva a Selene a su habitación, contigua al local, alhajada con hermosos muebles y al centro una cama redonda, de color celeste era el cobertor, la deja encima y sale raudo a contar los billetes, había ganado en una noche lo que ganaba en un mes y sin contar las concesiones que debía hacer a la ley cuando visitaban el local para supuestas inspecciones.

Pasan de medio día en los relojes de la ciudad y con el eco de sus campanadas perdiéndose se sienten las sirenas de la policía, al parecer la paz ha sido quebrada y raudos llegan al local, golpean pero nadie abre, seguramente Joe está drogado o alcoholizado en algún rincón por ahí. Rompen la puerta principal después de haber insistido y anunciándose como oficiales de policía. Son  acompañados de familiares de casi todos los clientes. La violencia se apodera de mujeres que piensan encontrar un séquito de hembras borrachas, drogándose con el dinero ganado con el sudor de sus cuerpos, pero nada, una soledad, un vacío se vierte frío sobre todos ellos, es tal la desolación y la impotencia que no pueden quedarse, así, como si nada hubiese sucedido, entran los perros amaestrados para misiones de búsqueda y nada, al final y después de destruir todo se van, no contentos algunos prenden fuego y los policías que eran menos no pueden hacer nada.

Las luces de bomberos interrumpe el soleado atardecer y entre los restos del local aún chispas advierten la fuerza del fuego, a medida que son guiados por la policía van aplacándolo, las llamas hace poco momentos eran una verdadera columna, una pira de adoración para redimir los pecados ahí renacidos, criados y alimentados, ahora en cenizas, la historia de la humanidad a pequeña escala se repite, un imperio de perdición caía ante la moralidad de sus jueces.

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