Se llevó mi corazón a Córdoba,

viaja con ella hasta Santiago del Estero,

lo hunde en el calor termal, apacigua su sangre,

descansa y sonríe tirando de la soga,

de oro, la reina se desnuda.

Se la lleva como si fuera de él,

como si ya fuera mía,

como si el río tuviera dueño,

acaso el agua no bebida

no nos pertenece, sólo,

por el hecho de verla brillar

Él ya bebió su garganta de oro,

abrió las puestas de sol,

robó jazmines de su pecho,

construyendo castillos

para mi (su) Reina,

conoce de memoria

el arco iris que lleva por labios.

Ella camina lejos [en su mente]

me ama [desde siempre]

Ella y sus princesas [reinan]

la paz de las nubes [habitan]

Las noches de abuso, rasga el arbusto,

se queda con el aroma y su jazmín

mira hacia el Pacífico, sueña mis manos,

laboriosas de tanto escribirles.

Las madrugadas ella llora y la luna, también,

ambas en una ventana se sienten atrapadas,

no se saben afuera, intocables, únicas,

entregan su blancura al día, llueve.

Las mañanas sus cristales aullan hambre,

revuelve su vida y las recuerda en cada pecho,

hermoso llanto por eso se queda, descalza,

de esperanzas, sin zapatos el frío se adueña.

Las tardes son un poema su voz, su sexo,

esa lluvia de palabras que derraman amor

dentro de los pliegues del alma donde zurce,

un corazón más rojo, más vivo y más feliz.

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