Penélope volvió a casa,

tomó una ducha fría,

se sentó a mirar hacia la ventana

que daba a la bendita plaza.

Él  gato hizo compañía

y el silencio del café humeante,

su desnudez era sencilla,

la espera enfría hasta la piel.

No reparó en el tiempo,

pues desde casa la banca

lucía igual desde esa vez,

cada primavera volvían a pintar.

Volverá se preguntaba, tantas veces,

que su cuerpo desnudo, se acostumbró,

al frío, al miedo y a las lágrimas,

que en las noches por él buscaba en su piel.

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