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Escuchar a Vladimir Martynov, desde la obra magistral llamada SILENCIO sin saber de música clásica, es aprender desde la hermosura de los encantadores violines a reconocer la calidad de sus interpretes. Sucede que esta obra tiene una acentuación mística, religiosa e ingenua, según dicen los entendidos, para nosotros es algo diferente, porque nos ayudó al encuentro de amor más importante, ese día.

 

Los violines sonaban cuando nuestras miradas se encontraron,

esa suavidad aterciopelada del ritmo infinito nos acercó,

– y es cierto nos vimos – conteniendo las lágrimas,

y fuimos besos aún con la delicadeza de la música.

Sinuosos eran nuestros labios, dulces también las notas,

desde ambas bocas hacíamos armonía silente,

de fondo la orquesta de Martynov recogía asombrado

la cadencia de nuestros ojos cerrados, otro cielo sonaba también.

Nuestra melodía llena de amor marcaba los corazones,

cuando pudimos hablar en la paz de la primera vez

fue la magia de la música jugando con nuestras miradas,

el horizonte se hacia más y más ancho, el pecho henchido de felicidad.

De besarnos, de abrazarnos y consentirnos se trato nuestra partitura,

pudimos resumir que estábamos en las puertas de nuestro propio cielo,

la invitación se había pospuesto toda una vida y entre sonidos agudos,

nos despedimos con la boca llena de alma, de corazón, de vida, para vivir desde ya.

 

 

 

 

 

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3 comentarios sobre “Historia de amor, Martynov, diez de Enero

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