Mientras atenta oía a Matías la Luna empezó a llorar y la pileta comenzó a rebasar, al darse cuenta del desborde pensó que por ese día su práctica había terminado, se fue a dormir con un sólo objetivo era saltar tan alto para revivir esa experiencia soñada, durante la noche la Luna estaba en otra parte del mundo y sólo pensaba que haría este chico cuando volviese a practicar los saltos en trampolín.

Cerró la puerta ya ataviado con su traje de baño especial, aún escuchaba a su familia en el comedor, riendo y hablando fuerte sobre el espectáculo de ver a su hijo menor, practicando los exigentes estilos de salto. Caminó por el extenso pasillo y se dirigió a la terraza donde estaba la piscina, ese día el sol era tenue al lado de la imponente Luna, ella impaciente, era mareas y desasosiego, respiraba y hasta las nubes desaparecían.

Su rutina era un verdadero ritual, eso pudo haber enamorado a la Luna, todos los elementos ordenados, el viento calmo, su tranquilo andar por la tabla especialmente mandada a fabricar para su peso, con la flexibilidad algo aumentada, llegaba al borde, tomaba correcta posición según el salto a probar, contaba hasta tres alzaba su cabeza mirando hacia el cielo, guiñaba a la espectadora única y saltaba.

Magia en estado puro y aún así él disconforme volvía a subir las escalas antes si secaba sus brazos y piernas, nada interrumpía su travesía por el aire hasta las profundidades de la alberca, y sus padres le conocían muy bien, siempre podían verle luego de varios intentos, ese día no fue la excepción, llegaban uno a uno con sigilo y sentados en las sillas de descanso, sabían que sólo debían aplaudir al final de sus ensayos.

Lo vieron subir lentamente hacia la plataforma, su cuerpo brillaba más por la luz de la Luna que por acción del Sol, aún después de haber secado como siempre sus brazos y piernas. Este último salto era de costumbre el más espectacular y aquí lucia sus técnicas de salto, rechazo y por último el zambullido con casi nada de agua salpicando, todos sabían y anhelaban ese salto y el silencio era conmovedor.

Llegó al borde, esta vez miró a sus padres y haciendo un gesto con la mano dándole la espalda comenzó a tomar impulso, se despedía según él y para ellos algo nuevo dentro de tanta concentración, saltó y comenzó a ascender sin parecer querer descender, luego de varios metros volvió a la tabla, un nuevo impulso y esta vez se perdió entre los destellos del sol y el abrazo infinito de la Luna que parecía absorber la figura de Matías, él sonreía y ese brillo fue la última luz que pudieron ver antes de desaparecer en el pálido cuerpo de la chica selenita.

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2 comentarios sobre “Trampolín cuatro

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