Cómo puedes llamar poesía a una sarta de elocuencias dignas de un discurso, me invitas un café y piensas “ahí está el verso”, entonces te preguntó, ¿ es el grano tu excusa ? o la chica ocupada con el pelo algo desordenado pero bien acomodado “tu poema”.

– azúcar o endulzante ? la mirabas y nada, silencio

– te miré y le dije a la joven, atractiva en todo caso, azúcar para los dos, por favor

Ella estaba muy concentrada en su trabajo y ciertamente doblábamos su edad, luego llegó el pedido y por mientras escribías en servilletas cada vez con menos espacio para ello, me preguntaste cuál era su nombre y te dije pues no me fijé en eso, también veía su hermosa y delicada piel, blanca como la leche que ese día no íbamos a tomar junto al café, sin embargo escuché al tipo de la caja llamarla Selene, sabía por el nombre, algo exótico, se avizoraban problemas más allá de una simple invitación después del turno.

 

Abrázame, el frío de tu alma desaparecerá

– no entiendes, esto lo llevo desde siempre,

házlo, por favor dame de beber tu alma,

– no entiendes, del todo te consumirá.

Ella triste lo miró y yo oculto la deseaba,

me podía perder en su espalda descubierta

y soñar que mis manos la rozaban,

pero ella lo devoro frente a mis ojos, quedó expuesta.

Los gritos de placer se podían oír desde lejos,

en mi cabeza las imágenes de ella posesionada por la Luna

sobre mi enloquecido amigo y esa desmedida pasión,

se desvanecía y aún así no advertía su muerte.

Qué me estás haciendo Selene, más te deseo

y siento mi cuerpo hecho agua, hecho cenizas, hecho vida superflua,

– la noche me enseño que con Luna soy feroz

– nada quedará de ti entre las telas del día.

Salí antes del amanecer de ese hotel sin estrellas, más que ella, no miré hacia atrás, sólo escuché su voz derritiendo mis sentidos, ven, a ti la vida dejaré todas las noches de Luna volver a ser lo que alguna vez fue, aún podía sentir el olor a sexo rociando mis narices. Bajé las escaleras y con un pie fuera me detuve, respire profundo, miré por última vez el sol, y me empapé con el aroma fresco del amanecer, hinchando mis pulmones, mi piel viajó kilómetros y me despedí de mis familiares, del lugar donde nací, de las calles mojadas antes de la jornada, de los perros callejeros buscando que comer en los tarros de basura y volví por las escaleras, abrió la puerta, completamente convertida en luz.

Continuará…

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