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Fue una explosión su consecuencia,
la quietud era un vaivén lento
y todo parecía su curso normal,
el golpeteo incesante sería la advertencia.
La primera vez nada fuera de lo común, al interior
la temperatura sin grandes cambios,
tampoco fue el sol que a esa hora descansaba,
sólo sus dedos ejecutaban el conteo.
Uno, dos y atrás vuelta a contar, con mayor profundidad,
tres y cuatro vuelve a salir, respira, el aire se filtra,
parece un silbido entre las rocas y el rocío venidero,
todo se suponía leve, casi meciéndose pero fuerte.
Fue tomando continuidad y ya había perdido la cuenta,
las rocas ahora blandas y fibrosas recibían,
a cuentagotas los espirales de las estrellas, un caos
nacía en el medio del mar y nadie esperaba su final.
La roca se partió en miles de orgasmos,
llovía rocío desde el interior y la masa sucumbía,
arrastrada por un tren de olas sin destino y sin freno,
las aves graznaban de forma siniestra.
El ocaso despertó con un alarido único, perfecto,
alineó estrellas en el cielo, las del mar nadaban
de placer por supuesto, niveló el stress florido,
la paz parecía contenta, dichosa, como mar.
Después de la tormenta el frío se apoderó de la tierra,
tomó unas mantas, se cobijó en ellas,
mientras el fuego se hacía de la leña,
vivir cerca del mar no debe ser triste aunque sea solitario, pensó.
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