Amaba como los hombres que decían amar a lo animal, amaba como la noche bravía respirando desde sus fauces, el calor de su sangre derretía la imagen del miedo, los pechos se hinchaban en su boca y las amadas eran amantes de las horas montadas, nadie le impedía amar a todas.

Olvidaba como los hombres lo hacen con vino en sus gargantas, en sus bocas el recuerdo, en sus manos el dolor, en sus mentes los gemidos, los que más amaban y nunca olvidaban, rompiendo todo a su paso, haciendo lo mismo que saben hacer para navegar por la piel del olvido, masturbando su mente en alcohol.

Amaba de nuevo a las mismas, eran sus putas flores, resecas y desteñidas, también el miedo las violaba sin permiso de la carne, también el reflejo de su sombras las hacía esbozar sollozos de entre las piernas y el flagelo de la carne se cernía desde su nuca y rompía cada hueso de la columna, de las caderas y de las piernas.

Olvidaba su casa, su ropa y sus sueños, los dejaba con las perdidas, con las que él su mundo deshacía y nunca intuía que en cada escandaloso desvarío, era su casa, su alma y toda la rama familiar la que desaparecía, quebrándose como huesos muertos, dejando la sangre y su savia en otras carnes, en otras almas, en otros olvidos, esos que borran la vida.

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