Puede ser cualquiera en satín negro, es más, todas pueden ser en ese asiento, de piel blanca un millón de mujeres, de huesos cansados todas las demás.

Pero tú, sólo tú luces así de hermosa, huesuda y deslumbrante piel, sólo a ti encajaa la perfección cada pliegue del camisón, y sólo a ti se le ocurre dar la espalda.
Esos pies gastados los he visto en la calle, descalzos, perdidos y ajada la piel, amoratados, pero los tuyos esculpidos en hielo, cincelados con fragua de temple eterno son mi redención.
Ves el arco prodigioso de tus hombros, sonríen, están lejos de ser pellejo sobre huesos, recuerdo mis labios atesorando el perfume que emanaba cuando en las sombras te besaba.
Sobre lo evidente de tus caderas, sobresalientes, callaré cada noche que a punto de caer en abismos, me aferré porque eras vida y suplicabas por más, yo vivía dentro tuyo, como latido, como amenaza.
Te reconozco hasta dormido y en la noche me guío, por la tristeza de tus costillas que cuando amas, son alas enamoradas y cantan tus pulmones a rabiar, los gritos de libertad llamados orgasmos.

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