El amor es ciego en ciudades ajenas…

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Los ventanales deslumbraban desde lejos, no sabía, si era metal o vidrio

el ruido del centro de la ciudad, un hermoso bullicio,

con la timidez de una animal del bosque, entré,

mis pies forzados a la dureza avanzaron.

Una mano alentaba mis pasos, desconfío era la pregunta,

sin embargo, soy de instintos de olores, de aromas, del viento y sus acechos,

el fulgor cegaba mis temores, la invitación parecía mía,

tomé las calles y las pinté color madera, color flores.

Las luces dormían en sus hombros y comencé a roer el casquete que las atrapaba, volaron solas y alumbraron almas negras, luego se fueron tan ciegas como cuando entré a su ciudad, eran moradores antiguos y dueños creo de todo, entonces avancé con mis leños y prendí fuego a todo aquello parecido a algo muerto, nadie discutió conmigo sus muertes y volaron cenizas ya muertas de cosas plásticas sin alma, los sabios decían que la pira limpia las calles y sus vidrios no se rompen más, aunque, había siempre vidrios rotos y también lloré con ellos y no los conocía antes, no éramos amigos, sin embargo me hicieron sangrar la primera vez, los perdoné tan rápido como se fueron fundiendo en mi e hicimos otras ventanas, ni de aluminio era su estructura ni de bases o quicios perdidos.

Boté paredes y planté cielo azul, celeste, rojizo, cobrizo, con nubes y piedras, regué su boca, sus sueños y sus torpezas, dibujé zanjas donde ambos podíamos caer, reír y tocar una melodía de agua, de canela y dulce de leche en invierno, aprendí a comer de sus ojos, de su respiración y a volar dentro de su pecho, ese si que es bosque para mi aires de gran y pequeño a la vez, repté por su espalda como los humanos y aunque le hice daño con mis garras, dijo que prefería vivir arañada que herida, su alma de esponja me recordó a una reina que tuvimos y nosotros mismos desechamos por el río, desde entonces el río nos protege y viaja a donde vamos, sus aromas de mujer dulce anticiparon esta parte y el comienzo fue dócil.

Tuve que romper todo le dije y ella misma quebró su alma

le puse parches de menta y besos de laurel,

creció un árbol en su vientre

de las hojas escribo con la tinta de su sangre.

Nada muere en esta ciudad, todo se desinfla con la noche,

la luna la comimos el primer día y con amor

todo se ve claro, desnudo y frágil,

o sea real, como la vida misma.

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1 comentario en “El amor es ciego en ciudades ajenas…”

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