El aire se disipó rápidamente, se miraron de pie a cabeza y una vez aprobados musitaron un sencillo, ¡hola!, parecían viejos partners, socios de parrandas, ex compinches de juerga, y sus códigos eran un vocabulario propio, complejo, lleno de señas y uno que otro tick nervioso. Ambos sin conocerse sabían sus hazañas, eran renombrados y esta casualidad quedaría marcada en los calendarios como el día de los Echoes.

Un trago al seco de mezcal y las miradas brillaban mutuamente, se perseguían para advertir alguna debilidad, prosiguieron otras rondas, el listado era interminable, no podías decir que no o titubear, las agujas goteaban y las venas hervían de hambre, el pulso se calmaba una vez que soltaban el elástico y la sangre corría a mil por hora, los latidos nublaban la visión y la música agregaba un concierto de sensaciones multiplicados, escalofríos, vómitos, todo se solucionaba con un par de jaladas de pura cocaine. Reían como locos, la tos se apoderaba de ellos y con un buen bourbon quemaban las gargantas.

La noche agotada se iba a dormir, arrastraba sus estrellas embriagadas, sus drogas aguadas, sus luces de neón triste, un ejército de drogos hambrientos, con  sus armas hechizas o robadas y la banda musical aún deliraba al verlos. Ellos duros, no flaqueaban, no paraban, no cedían. El Sol se coló por los pocos vidrios que habían en el local nocturno, ambos, se protegieron entre sí y esa historia recién comenzó a escribirse.

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2 comentarios sobre “Domingo de Pink Floyd – Echoes parte dos

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