Servía en la mesas que daban a la calle,
lograba encantar hasta con el tintineo
de las monedas en sus bolsillos, las propinas,
de sus joyas de gitana, con su mirada oscura.

Evitaba los endulzados rufianes, su brujería
urgía a los buenos, a los malos también,
nada la detenía y un día caí en sus ojos,
sentí el agua en mi cuello, me ahogué.

Violencia era un pasadizo por el cual entrabas,
ya la querías a tus pies, pero no podías,
sin embargo, su corazón latía, había vida,
me apropié de ella, camino a casa en un jardín.

Empecinada en que mordiera de sus labios,
me apreté junto a las rosas saliendo de su boca
y degusté cada pétalo, literalmente comí de ella,
de su hambre fui su carne y escarmiento.

Regué su cuerpo con mis deseos, sus ropas,
deslizaban códigos, electricidad, estática pensé,
acaso había algo más sobrenatural una noche,
de lluvia, de truenos, de sus besos y una explosión.

Imaginó mis manos y nos transportamos,
su cintura apegada a mi búsqueda, encontró
en el vientre un camino, dónde irían con ella,
implorando unir viajes, sentidos y virar dentro.

Nacían cantos, lunas, y la sonoridad de un amuleto
plegado en su piel, en sus alas, en sus sueños,
las luces vibraban en ella y la puertas abiertas
invitaban a entrar, en su cama o donde quisiera.

Ahí se consumó un conjuro de brillantes aparatos,
sus monedas por el suelo, sus joyas por el cielo,
iluminados fuimos estrellas o un suicidio de soles,
al otro día había nada, nada más que ella y yo.

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