Desde España a Francia por tren, los días fueron maravillosos, la primavera es más hermosa en el país de la renoleta. Llegamos a París y mis padres querían conocer el Sena, la torre Eiffel y los campos elíseos. En ese orden fueron los días primero ese río del ancho de las avenidas, la torrecita tan alta como el río y los campos, verdes, aunque nunca vi a Eliseo, imaginé que el dueño no tiene menos​ para regar el césped o podar los árboles.
El último día nos llevaron a conocer los inicios del gran río, con el capitán y su hija. Era astuta la tía, sacó del escondite de su papá, una botella y un cigarrillo, lo encendió y me pasó para fumar, ella se empinó a beber, me dijo — Seul le capitaine et moi avons pris le cou de la bouteille — y largo a reír. Yo con suerte no tuve tos cuando fumé, claro, solamente soplaba y el humo hacía lo demás.
Nuestras​ acciones no necesitaban traducciones y fui feliz mientras duró el trayecto. Obviamente nos sorprendieron, mis padres asustados y el capitán reía a carcajadas, y nos decía. — et je pense que cette fille veut être un espion quand grandir — Asustados​ me bajaron – ella aún con la botella en una mano gritaba — ¿Vous revenez por moi ? — dile  — ¡¡ Oui !! — y mi brazo en alto y una sonrisa eterna decían si, pero yo no sabía que sentía.  Ese día volvimos a casa y nunca más salimos fuera de España. Las vacaciones serían lo mismo de siempre en casa de abuela en Galicia.

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3 comentarios sobre “Había una ​vez (acto uno)

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