Miles de rostros entre cientos, se multiplicaban los anhelantes y cansados ojos, sus canas al viento, miles como dije y ningún rastro de sus padres, era agotador buscar entre tanto, sus miradas, los ojos cristalinos de madre y la fuerte mirada de papá, es cierto, los recordaba tal cual cuando se fue, tristes y molestos, pero iguales, y eso buscaba incesantemente. No había un obituario actualizado de los decesos en estos años, pero muchos habían partido, hombres y mujeres mayores y algunos chicos que no alcanzaron a conocer la adolescencia o pubertad, de repente uno de sus mejores amigos y sobrevivientes lo llamó. Cabo Segundo Bowen,
¡¡ Hey mecánico !!, gritó, – Deian – y ahora con un fuerte silbido
Aturdido aún, pero, entusiasmado por estar en casa, miró al Cabo, alzó sus manos y acudió a la junta que tenían programada.
No han venido mis padres – comentó de camino. — Deben estar en la recepción, respondió Bowen
Ambos con mochilas sucias caminaron al encuentro. Los padres del cabo habían invitado a toda la comunidad y aunque sabían de la muerte de los progenitores de Deian, no tomaron resguardo en avisarle, suponiendo que estaba previamente enterado y llevaba el dolor guardado por respeto a ellos y acudiría como todos a la celebración, valía la pena haber sobrevivido a tanto dolor y las bajas fueron a diestra y siniestra, no hubo hijo de alemán o inglés que haya sufrido la perdida de su progenitor, o alguna solitaria madre lloraba desconsolada con los parabienes del gobierno, dando las gracias por el valor presentado en batalla y bla, bla.
La noche era fría para los vivos, los muertos descansaban con sus cantos de viento y cielos nubosos, esa noche no fue la excepción, la marea subió y acudió por las calles para avisarles que venía tormenta, la más dura, la más fiera, mientras tanto todos alzaban sus copas y Deian buscaba a sus padres, sentía el agua del río en su cuello apretando la garganta y ensordeciendo sus orejas, inundadas de estupor, sólo atinó a dejar ese lugar, correr a casa, con los ojos vidriosos y la compañía del río sobre su cabeza. Nadie lo extrañó en casa de los Bowen y hubo un momento de silencio entre los invitados por los hijos que no volvieron y los parientes que fueron a su encuentro.
Colina arriba, segunda casa después de la iglesia, unos quinientos metros más y estaría en casa, seguro sus padres por la hora estarían desesperados y tamaña sorpresa se llevó cuando a metros de su casa estaba el Mayor, al cual no vio en la recepción  y tampoco se despidió a la llegada. Detuvo su carrera, se acercó y saludó.
Mayor Evans, alzando su mano con protocolar saludo al mando presente. – Descanse mecánico, ordenó, tengo un triste noticia y no la quisimos dar en su momento para ayudar a que terminara bien su misión fuera de casa, sus padres murieron al segundo año de estar en guerra defendiendo a su país.
Recordó las palabras de madre cuando le aconsejaba ser valiente y no llorar por pelarse las rodillas flacuchentas que tenía y dejar de subir a las copas de los árboles para ver mejor el ferry atravesando el río, también volvieron a su mente los consejos de padre sobre los charlatanes y antes de seguir escuchando la política de la corona, alzó la vista y desafiando a la autoridad prosiguió camino a casa.
Mecánico, gritó el Mayor Evans. – Sabía de la muerte de mis padres y no me dejaron vivir el duelo, gritó. – Por lo menos permítame llegar a casa y abrazar su memoria, continuó desconsolado.
Abrió la cerca y al acercarse a la puerta todo olía a ellos, caminó a oscuras, conocía la casa desde pequeño y nunca cambiaron mueble alguno sus padres para evitar que su hijo se golpeara y fuera a quebrar algún hueso que era lo más visible de la figura de Deian cuando pequeño, hoy un robusto mecánico, curtió sus huesos con la dureza del trabajo bajo las más tristes condiciones y con horizontes desalentadores de muerte y sudor, de barro y cuerpos desmembrados, de vidas arrancadas y otras borradas por un explosión de granada.

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