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El día más soleado de todo el Reino Unido ocurría en Gales, en Llansteffan para ser precisos y todos sus habitantes cubrían las colinas, rodeaban la iglesia y recorrían en bicicletas los chicos hasta el castillo, último bastión del recordado padre de la patria galesa, por supuesto nadie avisó a Deian y sin querer darse por enterado, salió a caminar con su caña e intentar lo que  nunca pudieron con sus padres, pescar aunque sea un diminuto salmón o trucha en su peor condición, la tormenta de la noche recién pasada había dejado varados a muchos peces, y sintió que entre tanta posible muerte. mejor era devolverlos y acercó su pequeño cesto en los charcos, saltaban sin entender, saltaban porque se sentía fuera de casa, Deian identificado, los ayudó y recorrió la extensión del río hasta perderse y ser solamente una pequeña sombra brillante, tratando de salvarse junto con ellos. Comenzó a devolverse a tierra firme, con la cabeza en la guerra y el alma con sus padres, los extrañaba, los necesitaba y la soledad de la guerra y la soledad de perder a compañeros y conocidos desde la infancia se volvía a vaciar con la ausencia terrenal de sus viejos, así, sin darse cuenta se tropezó con una joven muchacha que había llegado días antes del arribo de los muchachos para hacer labores de enfermería y ayudar a la pobre consulta que ya no tenía doctor. Dos vueltas en el aire para evitar caer encima bastaron para que saliera de su letargo.

– Hola, te ayudo ? exclamó la joven de impecable blanco con toca y cartera del mismo color.

– Hola, dijo desde el suelo Deian y aceptó su mano, su sonrisa y su mirada feliz

Ambos con las manos empapadas y arena soltaron un risa de felicidad, de haberse encontrado y de sentir sin decir palabra alguna que definiera ese momento, callaron luego de esa estruendoso encuentro, se miraron y el viento los beso, también ellos y el calor del día estaba frío y débil, pero ellos eran un nuevo día, un comienzo inesperado y un tropiezo hermoso. Sorprendidos del beso espontáneo separaron sus rostros y se presentaron.

-Mi nombre es Deian, mecánico de la tropa de Gales, saludos señorita, ella lo observó detenidamente y sin responder de inmediato volvió a sonreír, algo contrariado y sin entender lo que sucedía, ella se acercó y ordenó su cabello, sacó algo de arena de los hombros y de entre sus orejas, pequeñas, se separó un paso del recién presentado muchacho.

-Mi nombre es Anwen, enfermera del único consultorio en Llansteffan, soy originaria de  Newport y creo me quedaré en estas colinas toda la vida, ¿si es que a usted le parece?. mientras ella modulaba su sólida presentación, Deian la miraba y observaba, el viaje de sus ojos por los ojos de ella y sin intimidarse, ella también lo miraba.

Ofreció su brazo Deian y la invitó a conocer su pueblo natal, mientras él hablaba de las historias que había en cada árbol, en la misma rivera y en cada escondite que de pequeño inventó con sus amigos para divertirse, de las veces que iban al castillo a imitar a los héroes de toda Gales y lo orgulloso que se sentía de serlo. Anwen lo miraba fascinada, había un universo ahí, en sus ojos tristes aún, pero sabía de ese brillo y lo quería vivir. Luego llegaron a su casa y antes de entrar le explicó lo sucedido, lo volvió a mirar y ambos lloraron juntos, se abrazaron y comenzaron a ordenar la casa, hacer vida en ella a partir de cero, a partir de ellos.

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3 comentarios sobre “Soledad, parte cinco

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