The girl with the orchid by Emylia Manole

Era tarde, [naranja preñada] suspendida en sus luces, quedaste, [ahorcada] semidesnuda como el tiempo, fría, [eje circular] como flores desterradas, [inciertas y vaciadas] entre tus manos.[hijas sin vida]

La silueta dorada de tu piel, [extrañaba la luz]
se acomoda como regazo divino, [la muerte honesta] una flor descansa en otra flor, [retales de paz] sobrevive la última gracias a la primera, [sosiego previo] ambas mueren en la espera. [réquiem a la naturaleza]

Era temprano, [la vida no tiene memoria]
cuando en sus brazos le juro, un instante, [muere y vuelve] habían madrugado sus pétalos [se contraen las olas] humedecidos por el rocío de su voz, [revientan otra vez] la dulce sangre de un grito los alejó. [sus silencios secretos]

Las sombras del recuerdo, aún, absorben [nueva palidez] sus colores, sus sabores, [resbalan los frascos y se quiebran] sus delirios y sus noches a solas, [el sonido del vidrio roto] la cama mullida de besos y mentiras, [devora la carne] acomodan los siguientes cuerpos. [lo demás es muerte y venganza]

 

Todos los días eran parecidos al primero, una promesa en forma de flor “Oblitus” y el café ablandaba el corazón de madrugada, justo cuando las defensas soñaban con un mejor amanecer. Tomaba sus manos, las atrapaba con fuerza y en ese temor ella asentía que el aroma inundaba el ambiente, él decidido la desnudaba, la besaba y mordía a su antojo, no había oposición, más bien disposición, aceptación.

Se sentía apresada en su interior, con su sexo invadido, su boca tapada, sus pechos marcados, sus brazos amarrados, de suave a fuerte, la tensión era una oposición del cuerpo, natural, el viaje al interior era con todos los colores de la carne, del dolor y del placer, una pantomima humana, una marioneta sexual. Mientras tanto las orquídeas se mecían en un borde de la cama y gemían muriendo desde la noche anterior.

Como podía, buscaba la frescura huidiza del ramo desparramado en la cama y aferrada a su aroma ambas morían en cada embestida. Respiraba campo, el verde recién arrancado de la húmeda tierra, de la frescura y el rocío escondido como ella entre pétalos, entre colores, entre naturaleza muerta. Inspiraba y se envolvía en papel crepe junto a sus adoradas flores. La memoria volvía a cero.

Dos de azúcar mientras ella ordenaba su cabello, dos vueltas y el agua hirviendo, el tazón negro llegaba a sus manos aún con saliva de su amada. Intentaba tapar sus pechos, nada lucía bajo su cintura, tomaba las orquídeas y se sentaba a esperar que terminara, la luz perdonaba su rostro, sus ojos, su corazón y su amor. Él salía por la puerta y la rutina volvía a darle paz a su vida. Mañana no recordaría nada por las flores.

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6 comentarios sobre “Buenos días

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