Las noticias de la invasión a Inglaterra llegaban a cada ciudad, pueblo, villorrio y caseríos. Desde el frente de batalla, los Deian hacían cada uno su mayor esfuerzo para impedir, lo inevitable, con turnos interminables, con falta de repuestos y personal, lo único que no se acababa eran ellos, trabajando duro, eran la herramienta vital, el engranaje que daba vida al motor de los mecánicos. Padre e hijo conversaban de los pormenores, de cómo llegaban los vehículos y ambos se abrazaban para contenerse, para darse ánimo y pensar en su familia.

Los silencios abarcaban las filas y los murmullos eran acallados con la valentía de soldados jóvenes. Generales y el mando mayor tenían códigos para mantener en alto el espíritu de sus tropas. Las cartas dejaron de repartirse apenas las comunicaciones fueron interceptadas, sin embargo se instaba a seguir escribiendo a sus esposas y familiares, se advertían lugares importantes para atacar y otros lugares eran desechados.

Mientras tanto en Llansteffan

El viento quebraba las ramas de los árboles, los bosques, y sus animales salvajes, podían desaparecer en cualquier instante, rugía por cada recoveco un beligerante escándalo de nubes traicioneras, las calles llenas de nada, ese vacío natural previo al desastre, nadie percibió, aunque oliera a pólvora el aire y a llamas el sol de media tarde, las ráfagas de metralla, las bombas silenciosas, escondidas en el cielo, triste imitación de estrellas sin luz. La paz en las casas eran juegos de té, cayendo de la alacena, las ventanas de madera ardían rojas en cada puesta de sol, las cortinas se extinguían con olor a viejos suspiros, los recuerdos iban y venían en un vendaval de siniestras esquirlas. Los gritos despertaron todas las alarmas, las campanas de la iglesia, lugar de tanta devoción y amor, se derrumbaban y tañían pálidos sonidos, madres e hijos corrían al encuentro, se reunían camino a casa, otros bajo el porche y antes de entrar a casa, se convertían en sangre. Las gruesas puertas del castillo reventaban en estruendosos colores, la tristeza inundaba la playa, marea alta sería el título de este capítulo, pero aún no terminaba.

Uno a uno los naipes reales iban quemándose, desde Newport hasta Llansteffan, eran un borrón en el mapa, una rajadura en el orgullo Gales, un golpe por la espalda, sin clemencia, sin paciencia. La máquina enemiga había probado en otras historias sus ideales de muerte, sus ardíans ensordecían con rastros de oruga el vértigo de la vida.

El pequeño taller de los Deian ardía. Anwen enmudeció con el ruido de metralla y sus hijos no alcanzaron a ser abrazo, nada los pudo cobijar, sólo el frío desolador del viento que sin aliento fulminó a su madre fue consuelo. Murió a pasos de casa, a metros de sus pequeños y lejos de todo el amor que alguna vez construyeron. La soledad volvía a reinar.

Continuará…

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Un comentario sobre “Soledad, parte diez

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