La vi,
tan roja
tan llena de vida,
con las preocupaciones
típicas de las diosas,
morir o vivir,
dar el salto a ojos cerrados,
dar el salto con un grito,
atormentar a los hombres
con su belleza roja.

Ella miraba quieta,
semidesnuda y natural,
con un corsé rojo,
el mundo se detenía
cuanto dejaba de respirar,
se apretaban sus pechos,
su silencio era aún así vida,
roja como la sangre de las avenidas.

Su tatuaje una interrogante,
un salvavidas sin abrir,
un paraguas de acero y tinta,
un lugar sagrado de tanto sacrilegio,
la paz fue concebida ahí,
a orillas del deseo,
de la carne,
de la muerte milenaria,
la muerte de la que sólo ellas pueden reír.

El garbo era manantial níveo,
púrpura, violeta,
efímero ante nosotros,
su piel podía deshacerse,
destruir consigo todo a su paso,
aún así seríamos naufragios,
inútiles, lastre, evidencia mortal.
Nuestra pasada por la vida
sólo serviría para ellas,
las inmortales debían ser escritas,
dibujadas y amadas.

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