Aunque la ciudad estaba devastada, la alegría brotaba desde las cloacas y supuraba una herida en forma de isla.

Uno a uno iban despidiendo los restos de cada batallón, en silencio total, filas interminables de cortejos fúnebres avanzaban , aún así parecían estar solos, el viento, el frío y la tristeza, sin embargo, llorar era una perdida de tiempo y lágrimas, el sabor dulce del triunfo no lograba opacar en las gargantas, ese penetrante sabor a sangre, pólvora y barro. Deian hijo, era un sobreviviente por partida doble, de los mecánicos y de su familia. Casos como el de él estaban siendo revisados antes de dejarlos partir a casa, se asignaron doctores, psiquiatras y enfermeras para el shock post-guerra.

Las pesadillas para Deian iban y venían hasta despierto, pasaba horas en cama y el ruido del casquete se repetía, cayendo al cemento de forma nítida, un silbido de muerte se anunciaba, luego el aire se cortaba por el proyectil y un golpe seco acababa con la música mortuoria, el impacto era letal, Deian padre moría mil veces por noche y otras dos mil de día, luego el silencio de la soledad se apoderaba de su joven y atormentada vida.

– Mecánico Deian – se escuchó un grito desde lejos, incorporado en frente de su litera, recibió una orden, la abrió esperanzado de retornar a Llansteffan donde mamá y hermanos le esperaban, sin embargo debía hacerse cargo de levantar el taller y empezar a reparar los blindados y vehículos menores, luego partiría a casa. La nota era escueta, un telegrama.

Mecánico Deian, ha sido asignado por el mando mayor para rehacer el taller que tan bien dirigió durante la guerra.

Después de meses, en que se removieron escombros, levantaron el taller nuevamente, adecuaron los accesos a vehículos mayores y asignaron tareas a los recién llegados desde el norte del reino unido, mecánicos jóvenes, ninguno había estado en la guerra. Deian ahora era el jefe y no dudará en usar ese cargo para saber y hacer algo por su familia, sin embargo, la respuesta que recibía, era la más lógica, no había como conectar vía terrestre, marítima y aérea con todas las ciudades, de igual manera dejaba una carta para su natal Llansteffan cada viernes.

Al cabo del primer año, tal fue el éxito del taller que comenzaron a llegar recién vehículos del sur, aunque noticias no tenía de su familia, estaba tranquilo y convencido, el gobierno se hacía cargo de las familias con oficiales caídos. El tiempo en el taller no dejaba espacio a nada más y aunque era invitado a visitar los primeros “pub” abiertos, se negaba por dedicarse a sacar adelante su tarea mayor, dejar la flota terrestre en condiciones para una eventual y siempre amenazante venganza. Para el segundo año en funcionamiento del taller, estaba habituado al incesante trabajo, ya no tenía pesadillas, fue en esa ocasión que aceptó salir a celebrar, sentía cercana su nueva asignación y su hogar si o si debía ser, ese lugar que nos da paz en el alma y fuerza para seguir adelante por una nación sobreviviente.

Continuará…

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