Había que hacer ese viaje
– una travesía se iniciaba –
el alba mullida recibía los pasos
– las aves indicaban el camino –
cada uno con su antorcha avanzaba
– el sol alargaba sus sombras –
miradas cabizbajas, cansancio decían.

El mar y su mundo de insensatez
– abría aguas la proa y hundía la fe –
convertía en papel los remos
– zozobrar era ley de marinos –
cuando no existe horizonte o encuentro
– todos los mares son negras aguas –
los hombres y su silencio religioso.

La carga se hacía propia en las miradas
– así la esperanza era un tesoro –
hombre al agua deberían gritar rápido
– dos o tres en busca de su promesa –
mientras unos convertidos en héroes
– recordados por sus joyas de mujeres –
otros en tierra tomaban sus caderas.

Un beso salado, triste, verde y ancho
– era la herencia eterna del mar –
ocupaba el espacio en la cama muerta
– hombres por oro, por zafiros, por amor –
recordaban sus buenas obras los hijos
– la sed del mar insaciable devoraba –
los nuevos marinos navegaban la suerte.

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