Esa pátina dorada

Sobre un poema escrito por noviembre del dos mil quince, mi querida amiga Natalia leyó algo tarde y comentó con sabiduría.

Mis manos son luz en su piel
los sonidos dactilares brillan
en armonía con su voz sideral
una ola nos besa sabor a miel.

Nada la detiene cuando es marea
llega pronto y mis dedos primeros
se hunden, recalan, encallan
un faro deslumbra, una barcaza.

Se encoje la piel, se dilata el corazón
nos crece la sangre, la furia y ella es mar
es roca, es vigor, es sal, es agua dulce
la beso como arena, como el sol.

Su boca me recuerda a la luna
en donde el canto es una estrella
sus puntas son orgasmos
un millón de bocas, un sólo grito.

Llevo su piel a mi boca y recorro
las costillas, las caderas y nacen mis manos
elevo todo su ser, me sostengo
nace un color, nos hacemos al amor.

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