Sentí el viento quebrarse ante el crujir de unas ramas, el roce de las hojas entre sí y esa calidez envolviendo cada paso que daba. Estaba envuelto en una simbiótica sensación.

Encaré el horizonte,
respiré profundo,
me hice parte de,
un ingreso rotundo.

Olía esa excitación de la naturaleza, aroma dulce de la tierra viva a punto de estallar, de florecer, de germinar bajo mis pies. Invitaban a desnudarse y vivir desde el tacto además.

Oía los aullidos silenciosos de la vida agitada, hecha y desecha para su propio placer, para su propio deseo, esa carnal sensación de la salvaje y revolucionaria naturaleza.

Los temblores ascendían por mis piernas, conducían electricidad por mi espalda hacía mis brazos y arremolinándose en mi cabeza, en mi rostro. Sentir ese sudor ardiente, provocando una sed insaciable de vida.

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