Aún por comenzar…(V)

Moebius

Sus armas, sus naves, sus muertes

En serio sus armas lanzaban metales preciosos, cual fiesta de resurrección de un estrella nova o el declive de las nebulosas ancestrales, aunque el estruendo mataba la paz y los gases dejaban de viajar con tranquilidad, desde la salida del proyectil podías ver los cambios de colores del metal percutado y esa ondulación expansiva producida mientras avanzaba, una secuencia en cámara lenta ante nuestros ojos, tal cual eran armonía de colores intentando abrazar el espacio que los dejaba ser por instantes. Brillaban cortando el aire, relucían hasta desintegrarse entre gases corrosivos y sin embargo lanzaban ráfagas al cuerpo, eran felices al vernos caer presa de sus dolientes y bélicas armas, para nosotros eran alimentos, una fundición interna moldeaba esos metales grisáceos y cual autopista entre nuestras conexiones internas viajaban por ríos de alimentación, no tomaban en cuenta que al vernos de pie y volver a disparar era enriquecedor para nuestra piel recibir esos durísimos alimentos. Contacto, la piel recibe el dato, configura la entrada y ralentiza otros sistemas para ejercer dedicación a los impactos, en milisegundos procesábamos la densidad y volubilidad del metal para que en su intento vano por destruirnos produjera al inverso una secuencia de fundición y moldeo a las temperaturas internas, cual fluido hacíamos ingresar al torrente galáctico de nuestros cuerpos.

Moebius

Sin municiones para seguir disparando se abalanzaban sobre nosotros, pero ya éramos gases del ambiente – fantasmas – dijeron ellos una y otra vez y corrían de vuelta a sus naves metálicas y oxidadas en este denso mar de gases y suelo volcánico.

Insisto eran miles de naves descendiendo, cuando el viento era fuerte y el azufre elevado por las alturas lograban dar un espacio de visibilidad de la superficie, salían de una nave mayor al unísono, disparadas, las ordenes eran ejecutar rápidas acciones para tomarnos desprevenidos. Claro está que no todas lograban el éxito al hacer contacto con la superficie, cientos de ellas caían en lagos azules de lava y gas, lo cual no daba oportunidad siquiera de salvar a los soldados en su interior, otras naves comenzaban a desarmarse cientos de metros y todo se desprendía de ellas, miles de pedazos caían y cientos de miles de seres morían calcinados en lento desenlace, los pocos sobrevivientes solamente atinaban a recoger más armas, estanques de oxígeno y alimentos, instrumentos, localizadores térmicos, puesto que sabían algo de nosotros y tenían la esperanza alocadamente intacta de hacernos desaparecer de toda la galaxia que ya vitoreaban como propia.

Sus naves eran fabricadas en pequeñas piezas, éstas al igual que muchos materiales eran de: acero, hierro, fibra de carbono, cromo, vanadio, tungsteno, incluso cuarzo y finalmente diamantes, todos componentes irregulares ante punto de fundición y además las iban armando con fijaciones hechas a partir de otros nobles. Pero el aluminio no resistía el roce feroz del aire, las tuercas, remaches, tornillos y otro tipo de elementos, no lograban mantener las uniones sin filtrar centésimas de gases y eso los perjudicaba, llegaban a descender intoxicados y oxidados todos los sistemas de navegación, la tecnología a bordo jamás intentamos reconocer, eran cálculos matemáticos perfectos pero sin lógica universal y eso corrompía datos y sus viajes siempre fueron y serán erráticos en una galaxia tan perfecta como las que nos recibió.

Las primeras “Madres” así llámamos a esas grandes construcciones flotantes tipo contenedor de pequeñas naves, logramos reconocerlas como estrellas fugaces con ánimos de unirse a esta galaxia y de una u otra manera su curso era muy medido y cauteloso, fue ahí donde investigamos más sobre la estela térmica que iban dejando, de pobre combustión, con aroma a gases conocidos y menos a hidrógeno, helio, oxígeno, carbono, neón, nitrógeno, magnesio, hierro y silicio. Todas estas grandes diferencias sólo nos hicieron despertar paciencia y mucha tristeza, porque desde el lugar que arrancaban tampoco quedaba algo y acá nada queda para su forma y estilo de mal vivir.

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