Aún por comenzar…(VI)

Moebius

Sus muertes…

Apenas lograban descansar, sentían ese fulgor en sus carnes invadiendo la respiración producto de los filtros de carbono activo defectuosos, el veneno entraba por la piel, por la sangre, por labios y ojos. El hecho de estar vivos hacía que murieran de a poco.

Un aire de mar con ballenas muertas y gaviotas vomitando mientras comen sin cesar de las panzas abiertas, era lo que sentían al respirar, ese aroma mezclado con flores y el viento como único tónico para beber, mientras otros recordaban su lugar de nacimiento y esas imágenes viajaban desde su mente hasta las extremidades, lloraban y extendían sus brazos, querían alcanzar la seguridad de llegar a casa después de un largo viaje a través del cielo, de nebulosas y espirales galácticas.

Entre metales oxidados, otrora naves espaciales del tiempo hermoso, decaían junto a los metales y sin darse cuenta contaminaban todo lo que tocaban, la comida aceleraba sus naturales procesos y de colores vivos pasaba a violeta, luego verde podrido. Sus trajes sucios por el aire espeso de gases, azufre, sodio, eso lograban descifrar sus medidores de aire, las únicas máquinas sin padecer los distintos tóxicos ambientales eran de compuestos plásticos.

La muerte conocida entre guerreros hacía su aparición en estos paisajes hechos para aquello, no se resignaban, primero escarbaban entre restos de naves, luego también entre los recién muertos, comían y bebían todo lo que encontraban antes de la extinción, pasaban las horas y en esa soledad comenzaba el rito solemne. Eran visiones distintas para los sobrevivientes, mientras los que ya estaban muertos, hacían de puente fúnebre. Sin saber por qué algunos rompían sus cascos y otros se golpeaban con los estanques secos para morir rápido y aún así la muerte ponía mantel largo, afilaba sus manos y las saliva de azufre corrían por el suelo, los tomaba en brazos y elevaba. Primero los partía en la columna vertebral y con una mano de mil espadas abría un espacio en sus vientres. Los gritos eran alucinantes y podías oír la sangre tratando de salir por la garganta, pero la muerte no perdía nada y antes de hacerlos explotar desintegraba en sus fauces. Los huesos escupía a pozos azules de azufre y desaparecían en borbotones de gas y delirio. Los que aún estaban y presenciaban su destino sacaban sus armas disparaban al aire, corrían, se desnudaban otros, maldecían sus dioses, sin embargo el destino era una bandera de sangre y sin sobrevivientes.

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