Mariposas negras

Nacen de las palabras,
anidan en libros
a la espera de su llegada,
entre hojas sin leer,
la crisálida aguarda
ese fugaz momento.
Sus alas negras
pueden ser poemas
de Pound olvidado,
de Faulkner,
su poesía en prosa,
deliciosa y multicolor.
¿Sabrán los escritores lo
de dónde provienen
las mariposas negras?,
Su escritura antigua
preserva la alquimia perfecta:
tinta, ideas, metáforas,
celulosa y mucho fuego.

Erigidas en piras,
acelerada metamorfosis,
primero una llama tenue
da forma belicosa,
pasan al instante fecundo,
desprendidas las hojas
en su propio infierno literario,
surgen las cunas destellantes,
mecidas por una flama
imperdonable.
Sobre sus hermanas,
bajo sus hijas,
de mil cuentos sin leer,
la letra pasa a ser sangre,
las hojas cuerpo,
cada capítulo en forma total
persigue el nacimiento,
crepitan unas solícitas de volar,
de color rojizo y negro,
de color salmón, agudo color,
de color grisáceo a la vez,
para finalizar en un aleteo voraz
la negrura de Poe libera sus alas.

Nacen y mueren mientras
navegan la paz de los muertos vivos,
la ensoñación eterna de la lectura,
esa secuencia suicida,
cada ciclo tiene su fin,
el origen es inevitable,
perseguido por efecto flea.
Sus alas ahora en llamas,
hablan la lengua del sol,
regurgitan la adoración
insondable del dulce fuego,
replican libres las lenguas
de los amorosos,
puedes escuchar la voz del sueño,
las súplicas interminables
de las familias en disputa,
la voz de William en el lomo
de sus mariposas negras.

La dialéctica del silencio,
del profanado olvido
recurre a la llama
ante su oficio violento,
escudriña dormido
el error de la flama.
Volver a las disputas
perdidas en libros heridos.
Escurre el latón en sus puntas
el queroseno inadvertido.
Las frases emergen en ascenso
mientras apretas el gatillo,
primero rojo intenso
luego florece incandescente amarillo.
Elevan sus alas en siniestro
espiral desierto,
la consciencia instrumento
para el intelecto,
borra toda evidencia de lo cierto,
subyacen heridas de fuego
de alma en criba y arena,
nada sacia la sabiduría de arder,
sólo sus mariposas negras
rigen el momento feroz.
Antes de esta lectura
ninguna mariposa negra había muerto.

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