Anatomía del mar dos

Fotografía tomada por mi

La doncella y la muerte son una,
una tarde, un instante, un momento,
pasó tan rápido, tan filuda,
que no supe si era cierto o sólo otro invento.

La doncella de negro o color incierto,
se bronceaba en las miradas
del infierno y otros relatos menos viejos,
aceleraba el pulso del mar y sus aguas.

La doncella en el aceite cosía,
mi boca seca a su pecho de monumento,
de sus piernas delicadas me cogía
a su carne, mi hambre y mi infierno.

La doncella se oculta en su traje de baño,
lo demás es pura fantasía, salvajadas
de un juglar anticuado con gafas y años
observando la vida de las doncellas imaginadas.

Estabas ahí

Fotografía tomada por mi

Llegué tarde y apenas entre nubes y un adorable sol te pude ver. Bajé por una calle triste con recuerdos del invierno. Estabas ahí, tranquila y me recordabas temeroso, vi tus líneas disipadas, en medio de roquerios, con tu llamada de miel azul y bruma de espuma.

“Las nubes son hijas del sol y la mar.”

No bajé de inmediato, verte inmensa es siempre acogedor, el ruido Pacífico es un Océano de canto y paz, escudriñé el cielo de espejo, de tus hijas eternas y su recepción filosa, puedo ver el verde de sus intenciones, se echan a reír y rompen en espuma sobre mis pies.

Bajé a la antesala, rocas del tamaño de un cuarto de grano de arroz tostado natural, hervían de emoción, seguro me extrañaban, más adelante los inamovibles señores, cortados con el cincel de tus labios, húmedos por tu amor intransigente y feroz. Mi mirada los saludaba y daba las gracias cerrando los ojos, sentía su energía, sus espaldas mojadas por la carga de tu insistencia y antojadiza naturaleza.

Me llamabas, me invitabas, me sumias en sal y el viento con sus secretos llegaba a mis oídos, “¡¡ve!!” – me decía, -” ¡¡ ve !! “-, ella te espera, te ansía y desea sentir tu calor, abrazar tus piernas aunque sea. Me desnudé junto al viento, las nubes y el sol, caminé y fui recibido por tus fríos besos, por tu incesante búsqueda, sumergí mi espiritual masculinidad y te amé en cada ola, en cada beso.

Amé tus ojos verdes y tu desordenada cabellera, me empapabas con silencio en los labios y mi garganta se llenó de ti, bajaste hasta mi pecho y el corazón era tuyo, lo podías sentir, latía en cada ola, en cada embestida de mar y amor. Me dejé llevar por tus caricias, por tus delicadas manos y aferrado a ti fuimos poesía.

Alimento

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Fardos de hambre marina llegan a la costa
sujetas por las costras del tiempo
y el mar, suceden en escaramuzas
de fuego y frío, amanecen en tierra firme
donde muerden de frescos.

Se gritan desde temprano
con el graznido de pescadores
labran su suerte en desposte fiero y certero
luego son basura y alimento a la vez
al primer hervor son caldo de esperanza.

Un cardumen tras otro llega a puerto
mueren redondas sin ser más que conchas
su vida es deleite popular
y de otras mesas manjar
donde cada gramo vale oro
y ellos saben de regateo.

Sólo queda pedir a San Pedro,
patrono artesano del mar
rogar por milagros de semana santa
y bañar las lanchas de oro blando y buena ley,
los bivalvos también llueven su muerte
a costa de ser un sano alimento.

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Aves

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No graznan, no cantan,
silvan hambre de mañanas,
recorren la orilla de sus vientres
son violines desafinados.

Hurgan entre la arena, las piedras,
buscan por el hedor,
ese rastro único de los humanos
las hace gritar de injusticia.

Suelen seguir las embarcaciones de papel
agitar sus alas de red
picotear la sal del aire
engullir los ojos del oro pisciano.

A veces parecen flotar
dueñas del viento
solas contra el desierto
de marinos y el azar.

Viajeras del silencio y el sol
extienden sus ojos
surcan con las alas
ese espacio nítido de mar.

Extinguido ese rastro natural
vuelven a la arena
son orilla y hambre, todas solas,
enfrascadas como falderos.

Siguen el rastro de sangre
ese dragado nefasto
agujero al mar, ensordecido,
ellas cantan para acallar.

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La vida de mar

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La madrugada amanece en alta mar
donde los peces aún duermen
y las redes cómodas se mecen
sin que su cardumen logre despertar.

Vida de plástico filoso y mucha sal
escuecen las esperanzas que florecen
donde la mar quita cuando ofrece
todo amor por las escamas y su paz.

De cada recuerdo ancestral
la soledad de un bote siempre crece
este oficio las penas merece
salir ileso de la profundidad.

Mar de genealógica terquedad
arrastró a padres y abuelos sin fórceps
a vivir de los peces sin resignarse
sin cuestionar otra vida, fuera del mar.

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Pelícanos – Up to the torret

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Miran con la paciencia del mar sobre su torreta,
conocen las idas y las vueltas del día,
esperan, no desobedecen la memoria del dolor,
de la espiga seca al viento y el graznido feble,
muriendo, casi duermen y observan,
las alocadas gaviotas desangradas
por puras cabezas de pescado.

Podridas y cansadas se multiplica
su desgarradora muerte,
desde dentro no saben
lo que los Pelícanos han pasado,
no hay traspaso de información.

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Su vuelo rasante deja impávidas a las demás aves,
son una sombra veloz dejando sólo mar a su paso,
los peces son ese botín preciado,
cuando el sol les ayuda
alejando su mancha sobre el mar,
ellas aguardan el ocaso,
en ese descuido mortal
engullen lo justo más lo necesario,
su vida se prolonga
cuando la de otros ya reproducida se entrega.
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Vuelven a su torreta de piedra,
espaldas al mar despiden al sol
junto al viento y el graznido plural,
sus alas saludan a las estrellas,
sueños de marinos y locos poetas,
fieles a la letra nos describen en vuelo.

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Algarrobos

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Balneario de Algarrobo

Había olas esperando debutar
querían ser olas, reventar, ser espuma,
parecían salidas de un concurso
una tras otra, igualitas a otra ola.

Había raíces queriendo ser árboles,
grandes, robustas e iluminados
ondeaban entre otros árboles,
sin hojas como viejos chicos.

Había nubes imitando al cielo,
pintarrajeadas, tipo comando,
sin ser azules del todo se contentaban
era la moda del día y no pasaría.

Había arena a orilla de playa
queriendo ser más playa, más orilla,
su batalla era única y estática contra el mar,
las olas eran olas una tras otra y más.

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Peces

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Me arranco del mar cual pez volador,
es un instante, ese segundo alado, brillante,
hasta el sol me ama cuando salgo,
llevo prisa pero de reojo saludo en escamas.

Respiro más oxígeno antes de volver,
hago de los segundos meses, doce a veces,
entonces inevitablemente, caigo en cuenta,
soy pez y no gusto del mar, adoro el campo.

El verde de las algas por las hojas del bosque,
esas que crujen cantando su muerte ante mi pasar,
como las olas reventando esparcidas en la mar,
así los sauces agitan su cabizbaja melena.

Caigo nuevamente a mi realidad salada,
los segundos fueron hermosos, un microrrelato,
tatuado en segundos bajo las alas inconscientes,
donde nada más vuelve y todo es norma, otra vez.

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Eucaliptos

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Un regimiento de poemas
en forma de eucaliptos
agita sus hojas,
sus versos perfumados
alumbran mis ojos,
llenos de letras verdes.

Sacuden el viento parlanchín
como diadema del cabello,
recitan aires de mar,
de gaviotas,
de pelícanos cansinos,
un coro declamando olas.

Vuelvo a los árboles
ellos me conocen
somos familia de savia
de cáscara leñosa
inundado de amor
escribo ave feliz en sus nidos.

Escribo un poema desde sus hojas
miro la tierra, las raíces,
desciendo al suelo, huelo
el mar en todo momento,
dejo mi nombre enramado
camino y rodeo su amor.

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Canto

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Escucho sentado frente al sol benévolo
un ave de dificultosa voz, ronca, silbido bajo agua,
el motor agrietado sonaba Gardel a intervalos
sincronías metafóricas de la mañana.

El sol sube con la música de la temperatura
ese ritmo seduce mi piel, canta dorada,
el aire es un sedante para esta ocasión,
la sonoridad es un coro ambiguo, allegro.

Enceguecido, sólo distingo el aroma a Eucaliptos
bordando mis pulmones, solitarios bailan
enraizados al mar y la arena del sol su paz,
del invierno ellos saben como sobrevivir.

Tanta soledad para degustar la esencia,
intangible para las letras de este poema,
mis ojos sólo escriben bien dentro,
lo vivido este pasaje de tiempo en silencio.

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