Soledad, parte cuatro

Miles de rostros entre cientos, se multiplicaban los anhelantes y cansados ojos, sus canas al viento, miles como dije y ningún rastro de sus padres, era agotador buscar entre tanto, sus miradas, los ojos cristalinos de madre y la fuerte mirada de papá, es cierto, los recordaba tal cual cuando se fue, tristes y molestos, pero iguales, y eso buscaba incesantemente. No había un obituario actualizado de los decesos en estos años, pero muchos habían partido, hombres y mujeres mayores y algunos chicos que no alcanzaron a conocer la adolescencia o pubertad, de repente uno de sus mejores amigos y sobrevivientes lo llamó. Cabo Segundo Bowen,
¡¡ Hey mecánico !!, gritó, – Deian – y ahora con un fuerte silbido
Aturdido aún, pero, entusiasmado por estar en casa, miró al Cabo, alzó sus manos y acudió a la junta que tenían programada.
No han venido mis padres – comentó de camino. — Deben estar en la recepción, respondió Bowen
Ambos con mochilas sucias caminaron al encuentro. Los padres del cabo habían invitado a toda la comunidad y aunque sabían de la muerte de los progenitores de Deian, no tomaron resguardo en avisarle, suponiendo que estaba previamente enterado y llevaba el dolor guardado por respeto a ellos y acudiría como todos a la celebración, valía la pena haber sobrevivido a tanto dolor y las bajas fueron a diestra y siniestra, no hubo hijo de alemán o inglés que haya sufrido la perdida de su progenitor, o alguna solitaria madre lloraba desconsolada con los parabienes del gobierno, dando las gracias por el valor presentado en batalla y bla, bla.
La noche era fría para los vivos, los muertos descansaban con sus cantos de viento y cielos nubosos, esa noche no fue la excepción, la marea subió y acudió por las calles para aviarles que venía tormenta, la más dura, la más fiera, mientras tanto todos alzaban sus copas y Deian buscaba a sus padres, sentía el agua del río en su cuello apretando la garganta y ensordeciendo sus orejas, inundadas de estupor, sólo atinó a dejar ese lugar, correr a casa, con los ojos vidriosos y la compañía del río sobre su cabeza. Nadie lo extrañó en casa de los Bowen y hubo un momento de silencio entre los invitados por los hijos que no volvieron y los parientes que fueron a su encuentro.
Colina arriba, segunda casa después de la iglesia, unos quinientos metros más y estaría en casa, seguro sus padres por la hora estarían desesperados y tamaña sorpresa se llevó cuando a metros de su casa estaba el Mayor, al cual no vio en la recepción  y tampoco se despidió a la llegada. Detuvo su carrera, se acercó y saludó.
Mayor Evans, alzando su mano con protocolar saludo al mando presente. – Descanse mecánico, ordenó, tengo un triste noticia y no la quisimos dar en su momento para ayudar a que terminara bien su misión fuera de casa, sus padres murieron al segundo año de estar en guerra defendiendo a su país.
Recordó las palabras de madre cuando le aconsejaba ser valiente y no llorar por perlase las rodillas flacuchentas que tenía y dejar de subir a las copas de los árboles para ver mejor el ferry atravesando el río, también volvieron a su mente los consejos de padre sobre los charlatanes y antes de seguir escuchando la política de la corona, alzó la vista y desafiando a la autoridad prosiguió camino a casa.
Mecánico, gritó el Mayor Evans. – Sabía de la muerte de mis padres y no me dejaron vivir el duelo, gritó. – Por lo menos permítame llegar a casa y abrazar su memoria, continuó desconsolado.
Abrió la cerca y al acercarse a la puerta todo olía a ellos, caminó a oscuras, conocía la casa desde pequeño y nunca cambiaron mueble alguno sus padres para evitar que su hijo se golpeara y fuera a quebrar algún hueso que era lo más visible de la figura de Deian cuando pequeño, hoy un robusto mecánico, curtió sus huesos con la dureza del trabajo bajo las más tristes condiciones y con horizontes desalentadores de muerte y sudor, de barro y cuerpos desmembrados, de vidas arrancadas y otras borradas por un explosión de granada.

Había una ​vez (acto uno)

Desde España a Francia por tren, los días fueron maravillosos, la primavera es más hermosa en el país de la renoleta. Llegamos a París y mis padres querían conocer el Sena, la torre Eiffel y los campos elíseos. En ese orden fueron los días primero ese río del ancho de las avenidas, la torrecita tan alta como el río y los campos, verdes, aunque nunca vi a Eliseo, imaginé que el dueño no tiene menos​ para regar el césped o podar los árboles.
El último día nos llevaron a conocer los inicios del gran río, con el capitán y su hija. Era astuta la tía, sacó del escondite de su papá, una botella y un cigarrillo, lo encendió y me pasó para fumar, ella se empinó a beber, me dijo — Seul le capitaine et moi avons pris le cou de la bouteille — y largo a reír. Yo con suerte no tuve tos cuando fumé, claro, solamente soplaba y el humo hacía lo demás.
Nuestras​ acciones no necesitaban traducciones y fui feliz mientras duró el trayecto. Obviamente nos sorprendieron, mis padres asustados y el capitán reía a carcajadas, y nos decía. — et je pense que cette fille veut être un espion quand grandir — Asustados​ me bajaron – ella aún con la botella en una mano gritaba — ¿Vous revenez por moi ? — dile  — ¡¡ Oui !! — y mi brazo en alto y una sonrisa eterna decían si, pero yo no sabía que sentía.  Ese día volvimos a casa y nunca más salimos fuera de España. Las vacaciones serían lo mismo de siempre en casa de abuela en Galicia.

Contacto en Francia (acto dos)

Pasaba tranquilo por la calle cuando una chica sentada en las mesitas de afuera en un restaurante parisino me invitó a sentarme con un saludo de viejos amigos, como mi idioma es el español y no quería pasar por poco mundo, accedí y quedamos frente a frente. Acercó su rostro, sin duda alguna era una belleza, modelo, deportista o alguna espía de la guerra fría. Me miró y dijo en perfecto español, — Agradezco aceptaras sentarme junto a mi, estoy de paso por esta ciudad y mi contacto no ha llegado o le han atrapado, inevitablemente debo entregar la información para salvar al mundo —. Pasmado y sin creer una coma de lo escuchado, hice intento de ponerme de pie, tomó mi brazo y de vuelta estaba sentado, sin poder zafar plantó un beso. Y como soy un caballero correspondí concienzudamente. Antes de irse me dijo, busca una casa, ojalá con muchos árboles, tendremos cinco hijos y si tiene jardín haz el favor de sacar todas las plantas de allí y ubicas juegos para ellos. Nunca más supe de ella.

La casa (acto tres)

Había testigos amenazados de ser mutilados​, aunque se sabía de antemano​, su silencio sería milenario, no por temor o por algún chantaje, menos por dinero. Simplemente no eran el objetivo final, sin embargo el aire estaba denso, casi inmóvil y el olor a muerte expandía su evidencia. Los jardines llevaban siglos y serían reemplazados por juegos infantiles para los nuevos dueños de casa. Una familia con cinco hijos, todos alérgicos a flores y plantas exóticas. Las palmeras y otros árboles protestaron airadamente hasta que los niños comenzaron a subirse a jugar entre ellos, sintiéndose ​tan amados como antes.
Continuará…

Cuatro años

En un día como hoy inicié este Blog y aunque tengo otro en plataforma Blogger, me fui quedando en esta casa. Martes diecinueve del año dos mil trece es la fecha exacta.

En principio la inconstancia aquí era lo único constante, no comprendía muchas cosas con respeto a las diferencias entre plataformas, y eso trajo consigo que las estadísticas, algo que comencé a revisar en los últimos dos años, fueran bajas o inexistentes.

Además de comenzar a etiquetar​ las distintas experiencias líricas, mi madurez en el blog comenzó muy tarde, recién el año pasado. Todavía falta mucho por escribir, por crecer, por conocer.

Espero seguir escribiendo y quién sabe pueda publicar un libro, de esos con tapa dura y diseño. De momento desde este pequeño espacio se ha hecho grande, gracias a ustedes.

Domingo de Pink Floyd – Astronomy Domine

Buen domingo para todos los animosos que están despiertos en cualquier parte del mundo. Este tema en el cual participa Syd Barret es una muestra de la influencia que produjo en el grupo posteriormente. Si bien es cierto su música por si sola no logra el mismo efecto, es la banda que termina por apoyarse en la imagen que el representa.

Una nota, una sola nota, un Re para ser exactos, la perseguía en su guitarra y su mente se llenaba de psicodélicas sinfonías, el todo sonoro se inundaba con el singular rasgueo, de ahí podía volar sobre sus instrumentos y ejercer los poderes astronómicos, ustedes ¿ detendrían al sol ? cuando amanece. No, porque es imposible.

Él juega con los planetas, convulsos en sus manos, entre las cuerdas y la metafísica, no hay esencia capaz de resistir la vibración eléctrica saliendo por los amplificadores, sin embargo, cuando más te elevas, no es para escapar, no es para desaparecer de la vista de los demás, es simplemente para que te puedan ver desde cualquier rincón de sus mentes.

Sus señales viajan con él en los dominios de la incertidumbre moral, ¿ cómo alguien común y corriente ? se cree tan especial para ver la música a escala universal, los tiempos no cuadran y la pequeñez cerebral cabe en un bolsillo, en una letra. Pero, él no sabe nada y eso hace su mirada más profunda e interesante, ¿ a dónde van los maestros ?

Una vez en la tierra, puede caminar entre los mortales y sin recibir mayor adoración que el L.S.D. sentarse a ver cómo se destruyen los anillos de Júpiter cuando una carcajada atómica de ignorancia lanza misiles sin temor a los desechos a los ríos de soberbia marchita.

Antes de Instagram – Lucien Clergue

Días atrás encontré una página en Tumblr de nombre, “The Elusive Muse” la cual recopila grandes fotografías y sus autores. He quedado impactado con la obra del fotógrafo invitado este sábado. 

“Les Saltimbanques” de 1955 Lucien Clergue

Es tan inmenso mi sentir al ver estas imágenes, sólo las mostraré para su análisis.

Historia de amor, recuerdos, trece de enero

Recuerdo el pergamino de besos,
nos iban leyendo la mente,
reconocía la piel y sus caminos,
volvían a inundar un río.
Esa delgada
línea
comisuras húmedas
el pecho latente
evidente reseña
de sentimientos.

Recuerdo las curvas de los besos,
se enredaban en nuestras orejas,
deslizaban emociones,
retumbaban a lo lejos.
Esa sinuosa
locura
de los sentidos
perdidos
fabricados
en los reflejos.

Recuerdo tu boca llena de besos,
vaciarse un millón de veces
volver a llenar
con la urgencia de más.
Esa necesidad
imperiosa
desbocando
los días sin vernos
retomando
los hermosos recuerdos.

Soledad tres

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Capitulo anterior: http://wp.me/p3iFFk-1kw

Terminó la guerra

Llegaste feliz e impaciente, las comunicaciones con todo Reino Unido aún no se restablecían, pero que más da, vas a tu hogar, donde tus padres te saben vivos en cada fibra de sus añosos cuerpos y eres más dichoso, también extrañas todos sus mimos y las pellejerías de la guerra las llevas en la mochila, todas tus cartas por positivas que fuesen nunca ocultaron las dispares situaciones vividas y aunque tenían un juramento con los sobrevivientes, jamás ocultaste a tus padres los padecimientos de otros aunque también fueran los tuyos. El momento del encuentro aguardaba a un salto por la arena pegajosa, te habías hecho un fornido muchacho y estarían orgulloso de saberte un gran hombre, con sólo veintitrés años de edad. La guerra había terminado pero te tomó más tiempo del deseado volver a casa, montarías inicialmente en el garaje un taller y luego la suerte diría lo demás, por esfuerzo no te quedabas, la mejor práctica fue en el peor escenario y hasta generales confiaron sus mejores automóviles al cuidado de tus conocimientos y hábiles manos, un oído entrenado decías, esto era ciencia pura cuando tocaba encontrar las fallas, y bien es cierto que la mayoría eran reconstrucciones después de la entrada de alguna que otra bala, por eso estabas orgulloso de la fabricación nacional. Además sabías que tus padres apoyarían en todo lo que fuera relacionado con verte establecido donde toda su familia habían hecho sus raíces.

Todos se bajaron del Ferry y caminaron al encuentro de sus padres, algo hundidos los primeros hasta que encontraron un camino hecho con tablas y así evitar les llegara hasta las rodillas la arena casi pantanosa, estaban igual de alegres, porque esto no tenía nada que ver con la dura vida de trincheras de algunos y menos con las bajas temperaturas en Hungría o Alemania, por mucho que la paz se hubiese firmado en Francia, nadie olvidaba las penurias de los chicos, sin embargo, ellos brillaban camino a tierra firme, pocas familias estaban a la orilla más dura de la ancha playa, había un conjunto de viejos músicos tocando “God Save the Queen”  algo poco afiatados pero con marcialidad que estremecía. A cargo de los jóvenes bajaba de la embarcación un mayor, les daba las gracias en nombre de la corona y aunque él era irlandés igual se veía alegre de estar dando la orden de romper filas, los chicos antes de desarmar filas y sabiendo que se verían todos los días restantes de sus vidas, se amontonaron como jugadores y lanzaron un grito dando gracias a Dios, al rey y a Llansteffan, por ser hijos de esas tierras adoradas. La guerra había impartido clases de patriotismo en jóvenes que con suerte y obligados iban a misa, con rectitud tomaron sus pertrechos y caminaron al encuentro deseado, muchos padres igual fueron con el corazón apretado y la fe de que el deceso de su hijo haya sido un error de tipeo y cosas mal dichas o escuchadas entre tanto barullo de la misma guerra, pero el lamento era mayor cuando comenzaban a dictar las bajas a viva voz y entre ruidos de instrumentos aún terminando el sagrado himno nacional