A media luz – colaboración con Claudia

Desde el blog de Claudia traigo su poema A media luz y de puro atrevido entrelacé unos versos propios, a ver qué les parece. Ante todo muchas gracias a Claudia y a ustedes amigos blogueros.

Tanta palabra dicha

[aún así la nada se hizo presente]
para que el silencio embriague

[con sus desvelos de incertidumbre]
noches de encuentros furtivos

[lo valioso nos llegó de sorpresa]
y besos a media luz.


Pasión en la memoria
[cada paso ciego nos conducía]
cuerpos ardiendo a la par

[al ritmo hermoso y profano]
nostalgia de lo no dicho

[despertar en el mismo aciago]
sábanas en soledad.

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Domingos de película, Amadeus parte uno

Se acerca sigilosa, detrás de una suave tos, bajo los fríos de la mañana temprana, por  la canilla del agua congelada, en el vaso a medio tomar con vino de unas noches pasadas, sobre la tierra y en el aire, entre el polvo de viejas partituras, cuando menos los sientes, cuando menos lo piensas, en ese descuido de salir descalzo al baño y en esas salas llenas de antiguos seres.

INTRO

Las notas se sucedían como espasmos
[de buena crianza las albergaba en mi frente]
Con la fiebre rodeando mi cuerpo llano
[unía sus ideas de violines diestros y voces altas]
Mis manos dictaban el ritmo de la muerte.

Cornos infernales y oboes cenitales
[a dónde irá a parar esta beldad musical]
Timbales y trompetas acudan a este llamado
[no acallen sus golpes con medicina]
La algarabía confunde sus reales intenciones.

Atacan con sus cuerdas afiebradas de notas
[no hay paréntesis que salve este lobo caminante]
Las voces distorsionan su natural guturalidad
[dónde la muerte encontró su propio descanso]
Nada esconde el sable frío y sangriento de la paz.

La conocida quietud es un insecto profano, nos abre la espalda, se incrusta en las palmas de las manos, recorre nuestra mente y de forma despiadada no roba toda intención de altura, de imaginación, de solemne inspiración. Perfora y llena de aires nuestros ojos, afila sus garras y abre lo boca con abulia desmesurada, no deja célula tranquila y sin embargo las duerme, enceguece la circulación sanguínea y sobrevive mientras crees estar disfrutando ese inquietante sosiego de muerte.

El ovillo de plata

Cierto día acompañé a mi abuelita al mercado de lanas, aunque debía levantarme temprano la recompensa era deliciosa, un pedazo de torta y bebida gaseosa, después de transitar por todos los pasajes y recovecos buscando el color especial y la textura adecuada para su negocio de tejido de alfombras, bajadas de cama y otros productos. Su bolso parecía ser mágico al igual el dinero, compraba, compraba y todo adentro calzaba. Cuando pensaba ya era hora de mi recompensa abuelita dio un giro y entró a una tienda poco visitada, atendía una señora mayor, muy mayor, podría ser la madre de todas las abuelas, antes de acercarnos a consultar ella dijo. – Lana para ovillar bajo la luz de la Luna anda buscando – mi abuelita que es muy parlanchina quedó muda, tomó dos madejas y metió en su bolso, la señora terminó diciendo, – vaya con Dios –
Ya en casa venía la segunda etapa, separar las lanas y de las madejas hacer ovillos, sin embargo yo no participaba de tan enredada misión, aunque si algo sobraba lo usaba para mis volantines de papel de diario y eso sucedía una vez terminada la sesión de hacer bolitas de lana como yo decía, siempre dejaba el bolso tirado y yo hurgaba dentro de él, mi mayor sorpresa fue al ver la última lana que esa señora había regalado a mi abuelita, ahí estaba, dejada por olvido o porque ya no le gustó el color, preferí no usar esa lana y evitar que mamá o papá me delataran. Salí a jugar al patio trasero y ahí estaba mi nona como decimos por acá a las madres de nuestras madres, cantaba en voz baja a las flores y recitaba frases una y otra vez, hasta de forma repetitiva, yo nunca la distraía cuando hacía eso, porque de una u otra manera ese jardín brillaba lleno de colores y aromas.

Llegada la noche y después de la cena todos íbamos a admirar las estrellas y si había luna mejor espectáculo, luego a descansar y yo a soñar con elevar más alto los volantines, ojalá pudieran llegar a las nubes, justo cuando estaba en la mejor parte abuelita despertó con un susurro, – ven Simón tengo el hilo que necesitas – caminamos a oscuras por el zaguán, ella veía perfectamente de noche y llevaba en el otro brazo el bolso, en el patio trasero y ante nosotros una Luna tan grande y brillante que parecía de día, me soltó de la mano mientras abría su bolso y sacaba esas madejas de lana olvidadas, tomó ambas madejas y las lanzó hacia la Luna, era tanta su luminosidad que pareció haberse tragado la lana y luego, como un acto de magia más, comenzó a bajar un hilo plateado, lentamente comenzó a ovillar y metió en su bolso. Para cuando desperté en mi cama pensé que había sido otro sueño por alcanzar mis adoradas nubes.

Historia de amor, música, dieciséis de noviembre

Recuerdas que decía el viento cuando nos besábamos, en el momento que volábamos labio a labio a contra boca,
cuerpo a cuerpo,
las lenguas en nuestras desesperanza,
– exacto, no había música –
hacíamos melodías silenciosas
armonía y cadencia,
caricia eterna de la tierra húmeda.

Con los ojos cerrados éramos pentagramas donde la llave de sol
abría el pecho,
en medio de la nada
una terraza nos brindaba
el espacio justo para sernos melodía,
los sonidos se sucedían,
las notas corregían el curso de cada beso
como el viento, como el sol,
como el tiempo,
encendíamos los sonidos hacia el cielo.

Las aves cantaban nuestras bocas
– madres de la bella sonoridad –
su vuelo emulaba el baile de las nubes
– aunque ese día no habían –
– candilejas – nuestros cuerpos
éramos la canción,
la partitura y la alegría,
esa música nunca se apagará
vive más allá de un beso o un millón.
Habrá más canciones para tocarnos.

Domingos de película

Fui piedra y sal de esa piedra
Una semilla sin brotar
De un mundo de hiedra
Desde la roca y desde el mar.

Fui mundo oscuro y cruz
Una sentencia en mi pecho
Desde una creencia y su luz
Hasta las noches de cielo estrecho.

Fui el camino, el verbo y la carne,
Llegué a un río pero era mar,
Alimenté con fe el hambre
Que ellos no conocían de más.

Me hice árbol, raíz y fruto,
Entre mis manos sus alegrías
Y la pasividad inefable hecha elegía
De saltos suicidas y tumbos.

Me hice lengua viva,
Voraz y asesina de su lengua muerta,
Abría sus almas hechas puertas
Para invitar a la alegría.

Me hice tierra y barro, agua también,
Entre los hombres perdidos
Con sus corazones arrepentidos
Dibuje la inexorable fe.

Llegué con las preguntas en mi idioma, en mi cielo y en mi fe, nunca pregunté qué los hacía tan inocentes ante la muerte, ante el destino de la lluvia o la luna, jamás me detuve a entender sus principios, más bien acabé con ellos, aun así aceptaron mi cruz, mi mar y mi mundo corrompido.

Luego entendí que era su credo abriéndose paso en mi cuerpo, la gracia de la fe en el hombre hacía de mi alma un mejor lugar para creer y empezar de nuevo, con la paciencia del sol alimentando a sus feligreses, convertí mis antiguos pasos en una aventura a la orilla del salto.

Fueron tan respetuosos de mi locura, tan alegres de mi desdicha que también aprendieron de los errores civilizados, de las ropas y de los alhajados trapos señoriales y sacramentales, fueron río llevándose mi carga al mar, a la roca y al barro, más pertinentes para esa vida.

Capaces de adaptarse al peregrinaje eterno del alimento en busca de sus bocas, a ese fugitivo e incrédulo afán de permitir dejarme caer en mis propias trampas, en mis propias palabras y hacerme de la tierra su fruto, de la noche su luna y del sol su regidor.

De amar eran padres, madres e hijos, eran sonrisa, eran tiempo de paz y tiempo acuñado en el verde y misterioso terreno llamado hogar, desde ese mismo amor, desde esa misma fe aprendí que el hombre es instrumento de sus propias decisiones y creencias.

Quiero una nube

¡¡ Papá !!, me regalas una nube. Fue a su estudio y volvió con cartulina recortada en forma de nubes. Quedé mirando su obra la elevé y luego solté, cayó a nuestros pies. Encogió sus hombros y siguió en lo que estaba.

Fui a la cocina y dije — ¡¡ Mamá !!, me regalas una nube por favor. Sin mirarme sacó de un cesto varios huevos, después de un truco de magia, estaba revolviendo la parte transparente (clara), batía, revolvía y hasta desordenaba su cabello. ¡¡ Ya hijo !!, dentro del recipiente había una espesa y deliciosa masa blanca. Tomé un poco con un dedo y lancé, voló y cayó de inmediato.

Busqué a mi abuelita, ella es sabia y siempre ha salvado a mis padres. No estaba en su cuarto y tampoco en el baño, salí al patio y ahí estaba, con un ovillo de lana entre sus manos jalando fuerte, ¡¡ Simón ven !!, ¡¡ aquí estoy abuelita !!. Con maestría dieciochera bajaba una nube tan blanca como la cartulina de papá y esponjosa tal cual el merengue dulce recién hecho por mamá.